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jueves, abril 23, 2009

Feliz cumpleaños a mi....!!!





Siii un dia mas vieja, un dia mas sabia, un dia mas viva o mas boba O,o? xD
Veremos que me depara este dia y luego les cuento ;P
Por lo general en mi cumpleaños suelo estar trabajando en una historia nueva, procuro al menos terminar 1 historia por año, es algo que me prometi en 1999 justo el dia de mi cumpleaños, esta ves por desgracia, aun no esta terminada pero espero hacerlo pronto
les dejo el primer capitulo....

Capitulo 1

Liz se hallaba sentada en el suelo, jugando con Michael, cuando la puerta se abrió.
Ella no prestó atención, pues imagino que sería Gerald anunciando que el desayuno estaba listo. Pero al ver hacia la puerta de entrada descubrió que no era así, por un instante la visión de esa figura le iluminó el rostro, pero la alegría se borró casi de inmediato.

Parado junto a la entrada, Simón observó a la muchacha.
Tal vez en otra situación hubiese opinado que Lizbeth tenía el rostro más bello que jamás hubiera visto. El tono ligeramente violáceo de sus ojos, le recordó los atardeceres de verano.
Ella llevaba el cabello suelto y el pálido rostro, ligeramente angular, se hallaba enmarcado bajo los rizos dorados.
Con una rápida mirada opinó que el fino camisón de satén, no ocultaba la sensual figura, este recaía suavemente acentuando los pechos firmes y la cintura esmirriada.
Por todos los cielos ella era preciosa, aun no sabía con certeza del pecado que se le acusaba, pero de conocerla con antelación de seguro sería culpable, pensó para sí.

Una chispa de irá danzó en los ojos de Liz, al ver la forma osada en la el sujeto la observaba.

-Lizbeth, supongo- dijo arrastro las palabras con ironía.

Con enfado ella ladeo la cabeza ligeramente, e imitando su osadía lo observó de pies a cabeza.

Simón era un hombre muy atractivo y alto, de hombros anchos y cabellos oscuros, un ligero mechón le recaía sobre el final del ojo izquierdo.

Los ambarinos ojos tenían una mirada fría y poco amistosa, los finos labios se curvaron en una sonrisa burlona.

Simón mantuvo el silenció por unos segundos, sin poder contener su impaciencia la instó – ¿No dirá nada mi Lady? Se supone que ya nos conocemos, o al menos eso asegura su padre-

Liz soltó resoplido, muy poco digno de una dama, y se puso de pie tomando a Michael en brazos. Ignorando a los presentes lo depositó en la cuna y tomo la bata que se hallaba a un lado, luego de ajustarla con un firme nudo a la cintura volteo a verlos.

Con el seño fruncido Andrew Vantesell la urgió -¿Y bien Liz?-

El rostro de la joven mostro malicia al sonreír - ¿Qué quiere diga, padre?- lentamente negó con la cabeza –No es él -

Andrew apretó el puño con irá –Dijiste que el padre de Michael se apellidaba Cainewood.-

Simón elevó una ceja, oscura como el ala de un cuervo, y observó al niño que jugueteaba en la cuna intentando pararse.

Con completa osadía Liz asintió –Así es, también dije que Nació en Londres y proviene de una familia acomodada - recordó.

-Y aquí se encuentra ese hombre, que me lleve el demonio si no es quien describes muchacha- protestó ya fuera de sí.

-Pero no es él- aseguró y dirigiéndose a Simón se disculpo –Lo siento mucho señor…- por un instante fingió tener que recordar el nombre y cuando él se dispuso a decirlo lo interrumpió –Simón Cainewood o tal vez prefiera que le llame Conde, imagino que tras el fallecimiento de su padre, ha de estar usando el titulo.
No sé que le ha dicho mi padre, pero me disculpo, ya sea por los insultos a su persona o peor aún, las amenazas que pudo haber profesado para traerle hoy hasta aquí-

Soltando una sonora carcajada señaló –Ya se lo había dicho Vantesell, de haber tenido una aventura con su hija lo habría recordado- pero el semblante del hombre no pareció apreciar la broma.

-Mentiste- acusó y se pasó nerviosamente la mano por el cabello canoso.

-No padre, no he mentido, Michael es hijo de un miembro de la familia Cainewood, pero no de este en especial. Debo reconocer que se le parece, aunque podría asegurar que Nathan es mucho más apuesto.-

–Imagino que tú has de ser alguna de las amantes de mi hermano – señaló con enfado, ante la comparación.

La joven le dirigió una dura mirada –Yo no me llamaría de ese modo, pero si puedo asegurar que Michael es su hijo-

Simón soltó un suspiro –Eso es algo de lo que debo dudar seriamente, no es la primera vez que me topo con un oportunista que pretende…-

Liz se encogió de hombros con indiferencia –Diga lo que usted quiera, yo no pretendo ni me interesa probar nada….- Volteándole la espalda jugueteo con los dedos sobre las manos del niño y continuó la frase –Pero si Nathan pudiera oírle faltarme el respeto de ese modo, le sucedería lo mismo que aquel día con los hermanos Hataway y recibiría una paliza-

El hombre pareció sorprendido y refutó –En ello te equivocas, fui yo quien se las dio -

-Si eso es cierto – dijo por sobre el hombro –Nathan le ayudo a defenderse, pues ellos eran cinco.

Pero cuando Nicholas, le espetó sus razones para la pelea, Nathan les dejo marchar. Y fue él quien le dio a usted la feroz golpiza, pues los hermanos solo defendían el honor de Lady Marian.

A quien usted le había faltado el respeto.-

Simón entrecerró los ojos con enfado, el simple recuerdo de aquella pelea le crispaba los nervios. Había sido una tontería de crío que ya casi había olvidado.

-Pero claro eso lo sabe cualquiera o bien me lo podría haber inventado- opinó la joven.

-No pruebas más que has estado con él. Además bien deberías saber que hace más de diez años que nada tengo que ver con Nathan, por lo que no se qué intentas probar-

-Le recuerdo que no necesito, ni me interesa probar nada.
¿Pero me preguntó, si hace tanto tiempo que no lo ve, que le trajo hasta aquí y con qué intenciones?-

Cuando el hombre se disponía responder, el padre los interrumpió –Ya es suficiente, Lizbeth vístete y ven a la biblioteca - luego vio al Conde y abrió la puerta esperando a que este saliera.

Los hombres cruzaron el pasillo y descendieron las escaleras hasta el hall central, luego se dirigieron a la biblioteca.

Una vez allí Andrew tomo dos copas, las sirvió con Bourbon y ofreció una a Simón, este negó con la cabeza.

-Se que aún es temprano, pero necesito un trago. Esa muchacha me crispa los nervios-

Sin poder contenerse Simón espetó -Bien el malentendido ha sido aclarado y como no es asunto mío, dígame lo que pretende-

Andrew se dejó caer sobre una silla, el rostro se mostraba más afligido que indignado –De todos modos sigue siendo asunto de su incumbencia, Michael no deja de ser un Cainewood- reclamó.

-No hay pruebas de ello, ese niño podría ser hijo de cualquiera- se escudó Simón.

-Oh sí, yo creo que las hay de sobra. De otro modo no hubiese viajado hasta aquí-

-Le recuerdo que solo acudí por que usted selló la carta con el anillo de mi hermano -

-Pues hay mucho más que debería saber - indicó adoptando un tono más misterioso y se acomodo en la silla.

Simón negó con la cabeza y se puso de pie –En lo que refiere a Nathan no hay nada más que me interese saber, mejor dirija su búsqueda a donde debe y déjeme…-

Andrew lo interrumpió en tono seco –Si se marcha ahora, pagará las consecuencias-

Cainewood elevo una oscura ceja y le clavo la mirada.

-Así es Conde, diré a todos que usted es el padre del niño y rehúsa a sus deberes. Su reputación quedara tan manchada como la de mi hija y peor aún- amenazó.

-No se atrevería a esparcir tan vil mentira- dijo en tono tajante y la voz le sonó ronca de enfado. –Solo he hablado cinco minutos con su hija y me basto para decir que esa testaruda mujer no se lo permitirá-

-Liz puede ser muy testaruda, pero no olvide que tiene a quien salir. Su reputación ya ha sido manchada y a nadie le importará lo que ella diga.

Sé que le ha costado mucho limpiar el nombre de la familia y aún más recuperar la fortuna perdida tras el suicidio de su padre. Un nuevo escándalo podría arruinarle…-

Tornando seria la mirada Simón amenazó –Usted no quiere iniciar un juego que no puede ganar. -

-¿Querría apostar su vida en ello?- preguntó burlonamente Vantesell

-Podría hacerle más daño del que espera, de hecho sé muy bien que sus vicios son difíciles de costear y sus hijos gastan a un ritmo que casi excede los ingresos.
En este momento su única fuente es la mina de carbón y por si no lo ha notado, necesita el canal para pasar los cargamentos y casualmente ese canal lo he adquirido antes de acudir a esta reunión.

¿Qué le parecería si decidiera cerrarle el paso? Eso lo llevaría a tener que buscar una ruta de comercio menos segura. Afrontando grandes pérdidas -

El rostro de Andrew Vantesell palideció, conocía la fama de despiadado e inescrupuloso que tenía el Conde y al retarlo había esperado que solo fuesen habladurías. Pero jamás hubiese esperado una movida de ese tipo.
Intentando ocultar su miedo llevo la copa a los labios y los azules ojos recorrieron el cuarto.

El silencio lo dijo todo, Simón asintió levemente con la cabeza -Veo que ya nos comprendemos mejor.
Ahora dígame que es lo que quiere y no me venga con que es el bienestar de su hija, porque ya me ha dejado bien claro que es lo último que le interesa-

Andrew dio un respiro para hacerse de valor –Quiero que se haga cargo del niño-

-Ya imaginaba que de dinero se trataba-

-No es dinero lo que me interesa, sino que se lo lleve consigo.-

La idea le pareció de lo más absurda, casi riendo exclamó -¿Y qué demonios se supone voy a hacer con un niño tan pequeño? -

-La madre estará mucho mejor sin él-

-¿Ella se lo ha pedido?- preguntó con enfado.

-No, de hecho luchará con uñas y dientes para que no los separen- poniéndose de pie se sirvió otra generosa copa y explicó – Aunque no lo crea yo solo quiero lo mejor para Liz.
Ella solo tiene diecinueve años y su reputación esta arruinada, las posibilidades de hallar un buen candidato son casi imposibles.
Pero sin embargo, Sir Collin Winsley le ha propuesto matrimonio y el caballero solo tiene una objeción. Quiere que Michael desaparezca de sus vidas.

Por ello pensé en buscar al padre…-

-Y ya que yo no lo soy, de todas maneras le valgo - lo interrumpió Simón

-Así es, puede ponerlo al cuidado de alguien más o abandonarlo donde mas le plazca, eso no me interesa. Solo necesito que haga creer a Liz que se lo llevará - señaló secamente.

El Conde se sintió indignado con la proposición, se puso de pie, dio media vuelta como para marcharse, pero al llegar a la puerta preguntó – ¿Cuánto ofreció de dote Winsley?-

Casi ofendido Vantesell exclamó -¿Y por qué cree que lo haría?-

-Porque usted no da un paso en falso. Como ya le he dicho es muy obvio que no le importa el bienestar de su hija, sino el propio y por ello la ha vendido-

-Lo que conseguí no es su asunto, solo debe saber que es un trato justo- se escudó.

-Por deshacerse de su hija y su nieto al mismo tiempo, ya lo creo… - musitó y negó con la cabeza, al abrir la puerta se topó de frente con la joven.

Ella se sorprendió -¿Ya se marcha?- De cerca el Conde era mucho más alto e imponente de lo que originalmente parecía.

-¿Usted que cree?- respondió en tono osco y sin darse cuenta casi lo gritó.

Lizbeth se encogió levemente con el susto. –Creí que quería saber acerca de…-

Él lo notó y ello provocó una sonrisa maliciosa, estaba acostumbrado a que las mujeres reaccionaran de esa manera en su presencia.

Dando un respiro lo vio altivamente, pero ante la dura mirada solo pudo sostener la fachada por un instante, el parecía muy enfadado.

-¿Y bien?- la aprontó esperando que se hiciera a un lado para cederle el paso.

Por todos los cielos, ese hombre era un bárbaro y sus modales dejaban mucho que desear.

-Que tenga un buen día- mascullo secamente y se hizo a un lado.

El padre la regaño, llamándola duramente por su nombre –Lizbeth, cuida tus modales -

-Lo haré en la misma medida que él- refutó ella.

-Lo siento mucho Conde- se disculpó Andrew poniéndose en pie.

-No te disculpes por mí, no tienes porque- protestó la muchacha.

Simón no pudo contener una carcajada y negó con la cabeza, ella tenía un valor y orgullo sin igual.

Antes de que Andrew se le acercara indicó – Regresaré mañana, espero que este todo listo para ese entonces- y sin decir más se marcho.



El Conde se hospedo en la mansión de los Faringdon, unos viejos amigos de su familia.

Durante la cena Lady Faringdon preguntó al descuidó -¿Es cierto que hoy visitó la mansión Vantesell?-

-Así es- asintió Simón y cuestionó. -¿Le conocen bien?-

-Por supuesto- señaló la mujer y con un cierto tono de malicia comenzó –De hecho conozco todo acerca de su familia, sin olvidar al miembro más destacado su hija…-

El esposó la interrumpió tajante – ¿Edith no crees que es mejor dejar los chismes y habladurías para tus tardes en el club literario?-

La mujer soltó un suspiro con indiferencia.

-Pase la mañana hablando de negocios – aclaró Simón y explicó la nueva adquisición del canal.

De inmediato Harry dirigió la conversación en torno a los negocios, pero las palabras de la mujer habían despertado la curiosidad del Conde.

Simón logró contenerse hasta que lady Faringdon, con la graciosa indiferencia de costumbre, se levantó de La mesa y dejó que los caballeros bebieran el oporto después de cenar.

En cuanto la dama se retiró, los caballeros se relajaron.

Lord Faringdon encendió un cigarro.

Simón se dispuso a llevar a cabo un cuidadoso interrogatorio, pero debía hacerlo con mucho disimulo.

Mientras bebían el oporto, paciente aguardó una oportunidad, que no tardó en presentarse.

Como Harry había bebido varias copas durante la cena, estaba dispuesto y de buen humor para conversar.

— ¿Te agradó la visita a la mansión Vantesell? Pocos pueden llevarse con ese viejo Zorro—Afirmó Harry, mientras entrecerraba los ojos a través del humo azul del cigarro.

—Me pareció interesante. —Simón hizo girar en la mano la copa de cristal tallado y observó el juego de la luz en sus facetas — Es evidente que le conoces muy bien.-

— ¡Oh si! ellos han vivido aquí desde siempre —dijo Harry, y sacudió torvamente la cabeza— Andrew en sus mejores tiempos comerciaba caballos, ¿Sabes tiene muy buen ojo para ello?
Pero jamás fue un hombre de buenos negocios, tiene el vicio del juego.

En su buena racha compro un título de nobleza y se convirtió en Barón, pero rara vez utiliza su título. Luego se metió en la minería, creo que fue cuando nació james.

Luego enviudo y poco tiempo después contrajo matrimonio con una mujer Escocesa, el pobre no ha tenido suerte con las mujeres.-

— ¿Qué me puedes decir de su hija? —preguntó Simón con suavidad.

Soltando un suspiro opinó —La maldita estupidez causó la ruina de esa pobre chica. Es una pena, sin embargo, no tenía muchas posibilidades

Creció en ese nido de holgazanes. Al morir la madre, era sólo cuestión de tiempo, para que se metiera en problemas-

—La madre murió aproximadamente hace cuatro años, ¿no es así?-

—Si, a pesar de ser escocesa era una mujer encantadora. Claro, era hermosa al igual que su hija, aunque se diferencian mucho en el carácter. Fuera de la belleza y bondad la muchacha no ha sacado nada de la madre.

Quizás el padre hubiera podido disimular bastante su testarudo carácter, como para presentarla en sociedad, pero a la pobre nunca se le ofreció la oportunidad.

— ¿A causa del duelo por la muerte de la madre?-

— Si, y luego ocurrió el Infortunado escape —explicó con triste­za Harry.

— ¿Conoces los detalles de tal? —preguntó Simón con cautela.

— Si, el padre me los contó. Pobre chiquilla.

— ¿Sucedió hace tres años? —Tanteó Simón.

—Creo que sí. En ese momento, Lizbeth tenía dieciséis años. Había perdido a la madre el año anterior, más o menos. Ese canalla del padre y ese hermano disoluto no estaban nunca, la dejaban siempre sola en esa casa enorme.
No se puede apartar durante mucho tiempo a un Vantesell de las maldi­tas mesas de juego, ¿sabes?

De todas maneras, Lizbeth quedó librada a su arbitrio, tuvo que arreglárselas por su cuenta, con los sirvientes como única compañía. Sola, claro. Sin nadie que la aconsejara. La pobre estaba madurada para la catástrofe.-

Simón tomó la botella de oporto y llenó el vaso del anfitrión.

— ¿Y que sucedió?-

— El desastre se desencadenó y casi de inmediato todos lo supieron. Siempre es así-

—Es verdad. —Simón sorbió el oporto y se preguntó por qué, de pronto, le parecía necesario interrumpir la conversación. Podía adivinar cómo finalizaba la historia y ya no tenía deseos de seguir oyendo. No obstante, había aprendido mucho tiempo atrás, que cualquier fragmento de información era vital— ¿Sabes quién es el hombre con el que escapó?

—Después de su desaparición no se supo nada de ella. Sino hasta hace unos meses, cuando reapareció, con un niño de padre desconocido. Un bastardo como el padre-

Los dedos de Simón se cerraron involuntariamente entorno del vaso. Soltando un suspiro los aflojó con cuidado; no quería quebrar el frágil cristal.

— ¿De modo que no saben quién fue el que se llevo a Liz... quiero decir, a la señorita Vantesell?-

—No nadie lo vio, pero yo imagino que ha de ser algún vago cuidador de establos o parecido. Él la convenció de que huyera y peor aún, de que guardara el secreto de su identidad.
Muy triste, ella aun adora a ese desgraciado- opinó Harry

— ¿Podría ser una fuga de enamorados?-

—La pobre creyó que lo era. Pero dudo que ese hombre tuviera la menor intención de casarse, de hecho la abandonó después que naciera el niño y por ello regresó.

Obviamente ella no lo dijo, Pero Vantesell lo imaginó.-

—Entiendo- musitó Simón.

—Un asunto triste. Aquí nadie menciona su desdicha, no quieren herirla y te recomendaría que tú tampoco lo hicieras.-

—Por supuesto. —Simón tuvo una repentina visión de la expresión de Lizbeth cuando entró en la habitación, por un segundó ella lo había visto con sorpresa y dulzura, pero esa mirada había cambiado cuando le reconoció como un extraño.

— ¿Por qué Vantesell no insistió en la búsqueda de su hija, cuando esta se marchó? —preguntó Simón.

—Es probable que lo intentara, pero la muchacha siempre ha sido la más hábil y testaruda de la familia, si no lo quería, no la hallarían.
Cuando se marcho, el padre se encontraba en Londres y recientemente había cambiado la planta de empleados en la mansión.
Realmente a nadie le importo la joven, hasta que Andrew regresó dos semanas después-

— ¿Entonces, Vantesell abandonó en el intento?-

—Me temo que sí. En aquella época la pequeña señorita se hallaba muy solitaria y es probable que aquel hombre se haya aprovechado de su bondad.

Realmente nadie sabe lo que pasó por la cabeza de esa jovencita.-

Simón contempló la bebida, no podía comprender como su hermano había sido capaz de abandonar a esa muchacha y su hijo.
—Me sorprende que ni Vantesell, ni su hijo intentaran buscarla más profundamente. Podría haber ofrecido una recompensa.- opinó

—Los Vantesell son capaces de arriesgar su suerte en las mesas de juego, pero no ponen dinero en lo que consideran causas perdidas.

Aunque James, se mostró muy preocupado cuando lo supo y revolvió el pueblo en busca de su hermana, no se mucho pero creo que poco tiempo después abandonó la búsqueda, ya sabes esos métodos requerirían de decisión y valor ese muchacho carece de ello-

—Ya veo, la muchacha no ha sido más que una molestia.-

- ¿Qué me dices de Winsley le conoces? -

-¿El viejo Winsley? - rió Harry –Es un terrateniente acomodado, posee una considerable cantidad de tierras en la zona.
Su esposa falleció hace un año. Todos supimos que cuando la joven regresó, él se mostro interesado en ella.

El viejo no es lo que podría llamarse un prín­cipe azul, pero ella tampoco es ya una niña. Y me parece que con ese niño a cuestas, no tiene muchas alternativas.

¿Por qué preguntas?

¡No me dirás que has quedado prendido de la muchacha!- exclamó Harry sorprendido, ya le parecían demasiado sospechosas las preguntas de su amigo.

-Para nada, simplemente me gusta saber con quiénes hago tratos- indicó Simón y se puso de pie –Bien creo que necesito descansar, ha sido un largo viaje y mañana debo regresar a Londres-

-Creí que te quedarías unos días- recordó Harry.

Simón negó con la cabeza –Tras lo que me has contado, ya he tomado una decisión acerca de mis negocios con Vantesell. No será necesario mantenerme aquí mucho tiempo más – luego se marchó.

Horas más tarde Simón abandonó el intentó de dormir.
Apartó las gruesas mantas, salió de la cama, se puso los pantalones, las botas y una camisa, tomó el abrigo y salió al vestíbulo.

La inquietud lo carcomía, desde que se había acostado, quizás una caminata lo relajara.

La casa estaba fría y oscura, él pensó en encender una vela, pero desistió. Siempre había sido capaz de ver en la oscuridad.

Bajó en silencio las escaleras alfombradas y cruzó la sala que llevaba a la cocina.
Un momento después salió a la noche clara y helada

La luna que iluminaba el bosque le ayudó a encontrar el camino hacia la mansión Vantesell.

Diez minutos más tarde, Simón recorría el largo y ele­gante sendero que conducía a la entrada de la mansión y sus botas hicieron crujir el suelo helado.
Por un segundo se detuvo al pie de la escalera, más luego se volvió y atravesó los jardines, a un lado de la casa.

En ese momento intentó imaginar, como Nathan había llegado a dar con la muchacha y mientras caminaba le sorprendió ver que había luz en la ventana de la biblioteca.

Ella estaba sentada en el borde de la silla, justo frente a la chimenea, parecía pequeña y etérea.
El cabello dorado brillaba a la luz de la vela dándole un aire místico y delicadamente sensual.

Simón se movió silenciosamente, quería ver el delicado rostro que imaginó sonriente, pero lo que vio fue la más pura expresión de tristeza.

Lizbeth lloraba en silencio, las lágrimas le surcaban las mejillas y caían lentamente por el borde del rostro.

Él la observó durante unos momentos, y pensó que debía irse. Pero hasta que Lizbeth se puso de pie no se volvió para regresar.

Cuando estaba por marcharse vio que la muchacha apagaba la lámpara, tomaba un candelabro para iluminar las escaleras y se dirigía a su cuarto.

La biblioteca quedó a oscuras.



Lizbeth sabía lo que le esperaba y también que aunque se resistiera, gritara y pataleara, no cambiaría nada.

La tarde anterior, la discusión con su padre había sido acalorada, incluso este había tenido la osadía de abofetearla para hacerla acallar.

James había intentado defenderla, incluso intercedió suplicando por el niño. Ofreciéndose a sí mismo para criarle, pero el padre estaba decidido.

Las criadas habían hecho las maletas y se hallaban junto al descanso de la escalera.

Mientras vestía al niño Liz sollozó –Voy a extrañarte - por su mente cruzó la promesa que había hecho a Nathan y pensó en que ya no sería capaz de realizarla.

Escapar no había sido una opción, su padre se ocupó de cerrar todas y cada una de las puertas y ventanas de la casa para evitarlo.

Desesperada rogó al cielo por ayuda, pero sabía que perdería a Michael y no había nada que hacer.

El único consuelo que le quedaba, era pensar que al menos no estaría con desconocidos. Nathan siempre había hablado cariñosamente de su madre y hermano, de seguro ellos se ocuparían bien del niño.



Simón estaba impaciente, la muchacha se había retrasado ya más de una hora.

Andrew intentó calmarlo explicando lo difícil que era aquello para Lizbeth. Pero la mirada que le dirigió Simón lo llevo a interrumpir su disculpa.

Era obvio que se hallaba a disgusto en aquel lugar y quería marcharse lo más pronto posible.

Cuando la vio bajar con el niño en brazos, la expresión del rostro se sereno.

Lizbeth vestía un recatado vestido de pana verde oscura y un chal verde oscuro, lo cual resaltaba la piel pálida del rostro. Era obvio que había llorado toda la noche, incluso en aquel momento tenía los ojos vidriosos y parecía estar a punto de estallar en llanto.

Pero cuando sus ojos se encontraron con los del Conde recuperaron el brillo, encendiéndose furiosos.

En ese momento Simón era la persona que más había odiado en su vida.

-Ya era hora que bajaras - la regaño suavemente el padre.

-Solo estaba despidiéndome de Michael, imagino que lo comprenderás- mascullo la joven.

Luego dio unos pasos en torno a Simón –Antes de entregarle a Michael, debo pedirle me haga una promesa-

Simón frunció el seño. –No es necesario- dijo secamente

- Yo prometí a Nathan proteger a este niño con mi vida y ahora le pido a usted que me haga la misma promesa…- la voz se le entrecorto por el llanto, que ya no pudo contener.

El Conde soltó un suspiro, odiaba a las mujeres lloronas –Prometo que haré lo mejor para él- indicó.

Lizbeth asintió en silencio y ofreció al niño, para que lo tomara en brazos, pero él no se movió, ni siquiera intentó sostenerlo.

-Señorita Vantesell, le pediré que lo lleve hasta el coche usted misma-

Ella sonrió tristemente, al menos el Conde tenía algo de corazón y le ofrecía unos minutos más con Michael. Arrastrando los pies se marcho hacia la entrada.

Cuando ella estuvo fuera de la vista, el padre hablo nuevamente –Espero no volver a saber nada de usted o el niño, siempre y cuando cumpla, le aseguró que el secreto será guardado …-

Simón lo interrumpió –De ello quería hablar, he decidido cambiar el trato -

Vantesell pareció sorprendido –Pero usted dijo que se llevaría al niño-

-Y así lo haré. Como verá estuve pensándolo bien y no soy apto para cuidar de él.
No sé lo que llevó a Nathan a abandonar a esa muchacha, pero no creo que lo haya hecho de buena gana o por voluntad propia.

De modo que hasta que sepa lo que sucedió, me los llevare a ambos-

-No puede hacerlo, ella esta prometida y…-

-Querrá decir vendida- lo cortó tajante, entregándole un sobre señaló – En este sobre hay una suma importante y estoy dispuesto a extender un nuevo pago en el futuro-

-Sigue siendo insuficiente, no creerá que le permitiré llevársela…-

-Lo sé, usted debe mucho a Winsley, pero ya verá cómo se las arregla. Tome el dinero, se lo aconsejo. Pues rara vez abandono y me propongo llevarme a la muchacha a como dé lugar.
Bien sabrá que se me considera un hombre consecuente hasta el fin. Puede peguntarlo a cualquiera en Londres.- recordó.



En la puerta se hallaba esperando el carruaje. Este era un brillante coche laqueado en negro, con la insignia dorada de la familia Cainewood en la puerta y ocho caballos pura sangre irlandeses.

Lizbeth esperó que allí se encontrase algún sirviente o una nodriza, pero no había más que el cochero.

Un tanto desconcertada aguardo la aparición del Conde.

Simón no se hizo esperar, ella lo observó en silenció. Él asomó solo desde la mansión, su padre no había salido siquiera a despedirlo.

Cuando estuvo junto a la muchacha dijo en tono seco –Sube al coche y no digas nada-

-Pero…-musitó

-¿Acaso quieres quedarte para que el viejo Winsley te haga su desdichada esposa, o prefieres seguir junto al niño?- cuestionó

-Por supuesto que no, pero mi padre…-

-Olvídalo y no me hagas perder tiempo, tenemos un largo viaje- indicó y sin decir más subió al coche.

Lizbeth no comprendía absolutamente nada, pero hizo lo que le indicó.

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